
Los Árboles Son Capaces De Reconocer A Sus Familias.

Para esto realizó un experimento que consistió en «estresar» a algunos árboles y comprobó que los árboles vecinos, incluso de otras especies, activaron respuestas defensivas. «Estaba dañado el abeto y había una respuesta de defensa en un pino, que es de un género distinto, que regulaba sus genes de defensa, aumentaba la producción enzimática y se producía esta molécula de defensa», explica.
Esto no sucedía cuando no había conexión entre los árboles a través de las micorrizas. También constató que los árboles son capaces de reconocer a sus familiares. Así, por ejemplo, si bien el intercambio es entre todas las especies, los árboles madre les envían más recursos a las plántulas que descienden de éstos que a los extraños. «Se pueden reconocer entre ellos, así como nosotros reconocemos a nuestros bebés», explica Simard.
Los árboles madre también pueden regular si quieren que las plántulas crezcan cerca de éstos o a mayor distancia, en caso de haber algún peligro o enfermedad, por ejemplo. «Hay mucha inteligencia en la determinación del éxito de un entorno», asegura la experta.
Si se pierden los árboles madre toda la red puede colapsar.
Simard remarca que estas redes de árboles «son robustas y muy resilientes al daño», ya que cuentan con múltiples conexiones, pero advierte que, a la vez, pueden ser altamente vulnerables si se eliminan los árboles madre. «Si perdemos estos árboles más viejos –por una sequía, lo ataca un escarabajo o los cortamos para hacer casas–, toda la red puede colapsar, porque son los nodos centrales (del sistema)», señala. Por eso, enfatiza en la importancia de protegerlos.
Un aspecto llamativo que detectaron es que cuando un árbol madre va a morir acelera la transferencia de carbono a sus árboles más pequeños y a otros árboles vecinos, dirigiendo esa energía a ciertos individuos dentro de su comunidad. «Yo interpreto que hay una inteligencia, una sabiduría, una protección que se trasmite de una generación a la otra. Estas plantas están conectadas en el tiempo y en el espacio, y a través de las generaciones», plantea Simard.
Afirma que «el bosque es un ejemplo de cómo funciona el equilibrio» en la naturaleza. «Hay una conexión física entre las especies, en una relación respetuosa, es un compartir, hay una familiaridad en los bosques, donde los más antiguos son los más importantes (…) Hay reciprocidad en la naturaleza, la naturaleza da y devuelve, hay un ir y venir constante», sostiene la ecóloga, quien participa en un proyecto con la Facultad de Agronomía UC y el Campus Villarrica por el manejo sostenible del bosque templado de Chile y Canadá.
Agrega que «nosotros, como personas, tenemos tanto que aprender (…) Esto nos enseña a construir alianzas, fortaleza comunitaria, donde cada uno de los miembros tiene un rol y que juntos somos más fuertes». «Hay que reinsertarnos como actores de este entorno y tratar a estas criaturas como si fuesen iguales a nosotros, porque las necesitamos», concluye.


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