Trabajar por la utopía, no por su plusvalía

Las utopías han sido vilipendiadas durante décadas. Sin embargo, imaginar mundos nuevos y mejores es fundamental para hacer frente a la crisis ecosocial

Cambio Climático 04 de mayo de 2021
Inundación

En la utopía que da nombre a las demás, propuesta por Tomás Moro en 1516, una de las características que asombran al visitante es lo poco que se trabaja: solo seis horas al día, repartidas en dos turnos de tres. El Marte al que viaja el protagonista de Estrella Roja, de Alexander Bogdanov, es también un planeta en el que se trabaja lo justo y siempre para servir al conjunto de la sociedad. Los ejemplos, como detalla la periodista Layla Martínez, son innumerables.

Además, la búsqueda de la ausencia de trabajo se muestra, en muchos casos, no como un absoluto, sino como una forma de obtener algo más básico aún: una cierta libertad, algo de control sobre cómo y por qué vivir. Es el caso de un tipo de narración que no suele encuadrarse como utopía, aunque en muchos aspectos lo sea: las historias de piratas. Nadie diría que los piratas no trabajan: al revés, el ocuparse de un barco, ya sea en tiempos de paz o de guerra, es una tarea ardua y, en muchos casos, letal. Navegar, carenar, cocinar y calafatear, abordar, degollar y conseguir botín no son trabajos ligeros. Pero parece sensiblemente mejor llevarlos a cabo para beneficio de uno mismo y sus compañeros que para la armada imperial española o un rico comerciante holandés. 

Pero no son los piratas ni los campesinos relativamente relajados y libres de Tomás Moro los que vienen a la mente cuando se habla de utopías. Hoy en día, la palabra utopía tiene una connotación negativa. La acusación de utopismo, de proponer soluciones que se salen del estrechísimo margen de lo aceptable, descalifica al rival en el campo del debate político. Si te sales del esto es lo que hay, estás políticamente muerto. Incluso para la ficción es más fácil presentar distopías diferentes de la que vivimos que mundos inequívocamente mejores.

Este rechazo generalizado a la utopía viene, en parte, de que ya vivimos en una. O, mejor dicho, en un mundo hecho de cachitos de utopías. Solo que, en palabras de China Miéville, no son las nuestras. Son la del que ha soñado con poder comprar tierra en cualquier parte del mundo en cualquier momento, la del que quiere vivir de alquilar pisos sin trabajar, la de quien sueña con almorzar una especie protegida cada día. Pronto: la del que quiere veranear en Marte, dejando atrás un planeta que percibe como agotado. Las utopías son, pues, posibles. 

Es evidente que el orden existente es injusto para la mayoría, y que el esto es lo que hay puede convertirse muy rápidamente en cenizas y devastación social ecológica a escalas, ahora sí, verdaderamente distópicas. La crisis ecosocial, de la que el cambio climático antropogénico era la cara más evidente hasta la llegada de la COVID-19, solo va a empeorar. El imaginario neoliberal no da más de sí, y solo ofrece iteraciones cada vez más desesperadas de las recetas que le han funcionado: extraer valor de las personas, animales y ecosistemas, cada vez más, cada vez más rápido. 

¿Qué hacer ante esto? ¿Se puede ser utópico en esta situación? ¿Tiene sentido? Pensamos que sí. Es más necesario que nunca trabajar para liberar nuestros imaginarios de la colonización que han sufrido en beneficio de los intereses particulares de unos pocos. Quizá nuestra tarea jamás haya sido tan difícil, pero lo que es seguro es que no va a volverse más fácil. Aunque la situación sea inédita en su gravedad, disponemos de un amplio canon del que coger ideas. Cientos, miles de personas pensaron mundos que aún no hemos sido capaces de convertir en realidad. Mundos sin pobreza, sin discriminación por razón de género o raza, sin esclavitud. Sociedades que existen en total equilibrio con su entorno. Hay para elegir. 

El problema, claro, es cómo pasar del mundo realmente existente, del mundo de la devastación ecológica, la desigualdad creciente y las respuestas a la pandemia basadas en el mercado a cualquiera de las sociedades más o menos ideales descritas arriba. ¿Cómo soñar con el replicador de alimentos de Star Trek si la realidad es una tos que no sabes si es o no un síntoma letal, acompañada de dos horas de transporte público, nueve de jornada laboral y veinticuatro de incertidumbre? 

Quizá podamos empezar por algo más cercano, algo que nos parezca factible y, a la vez, muy beneficioso: que las dos horas de transporte público tengan lugar solo cuatro y no cinco o seis días a la semana, que las nueve de jornada laboral sean siete. Desde luego, esto habría que acompañarlo con la garantía de que los sistemas públicos de salud siguen funcionando y con seguridad laboral y económica. Pero de eso hablaremos en otro momento. 

Por ahora, nuestra modesta propuesta, como la de los piratas antes, puede consistir en algo fácilmente imaginable. Un hilo que, en diferentes momentos y lugares, une a un grumete sevillano de quince años sin alfabetizar, una institutriz victoriana y un campesino kazajo: la idea de que, quizá, no es necesario pasar más de un tercio de nuestra vida adulta al servicio del enriquecimiento ajeno. Que es posible reducir la jornada laboral y a la vez transformar el trabajo. Convertir el tiempo que pasamos enriqueciendo a nuestros jefes en tiempo para nosotros y para los nuestros. Que el primer paso para cambiar de abajo arriba el mundo puede ser, sencillamente, recuperar el control de una mayor parte de nuestra vida. Que podemos trabajar menos para vivir mejor, que es algo política y materialmente factible. 


Y, a partir de aquí, empezar a trabajar por la utopía, no para su plusvalía.


¿Cuáles son, con qué podemos contar en nuestro haber en el apartado utópico, cuando el mismo concepto ha sido deliberadamente desprestigiado? 

Por suerte, tenemos una rica tradición de la que beber: mundos sin pobreza, sin discriminación por razón de género o raza, sin esclavitud. Proponemos empezar por visiones que puedan parecer más de andar por casa, pero que son fundamentales para avanzar hacia esos objetivos. Un ejemplo que tenemos a mano es la idea de defensa de lo público, una visión que consiguió aunar a un sector amplio de la población a favor de medidas progresistas de defensa de las instituciones públicas que se encontraban bajo el asedio neoliberal. Y desde luego que esta es una idea absolutamente fundamental. Pero la urgencia del cambio climático y la crisis ecosocial muestran que no nos vale con conservar lo mejor que tenía nuestro sistema: necesitamos una utopía que nos sirva de horizonte colectivo para caminar hacia un modo de producir, consumir y vivir que sea consciente de los límites planetarios y permita que todos habitantes del planeta vivan con dignidad. 

Nuestra propuesta es intentarlo con una idea simple de entender, popular pero potente: la idea utópica de no trabajar. O, al menos, de no pasar la mayor parte de nuestra vida trabajando para otro. La idea de tener tiempo y, por tanto, libertad, para ser lo que queramos ser. Esta idea de que hoy en día el dinero compra el tiempo y por tanto la libertad para realizarnos se ve de un modo más explícito (y obsceno) en los anuncios de la lotería. No podemos permitirnos seguir en un sistema en el que ser dueños de nuevo de nuestro tiempo sea, para la mayoría de la población, un sueño inalcanzable: necesitamos que el deseo de no vender nuestro tiempo a otras personas deje de ser una utopía en el usual sentido peyorativo y se convierta en un horizonte posible. Una visión que nos sirva tanto para ganar las luchas más cercanas como para poder imaginar un futuro en el que vivamos mejor. 

Una medida que sirve como ejemplo concreto de esta visión es la reducción de la jornada laboral. Por un lado, permite experimentar en nuestras carnes las ventajas de trabajar menos: un trocito de la utopía aquí, en esas dos horas diarias de sometimiento al jefe que te ahorras. Además, la crisis climática y ecológica en que estamos inmersos exige que reduzcamos inmensamente nuestra esfera de producción material, y el simple hecho de pasar menos tiempo produciendo nos permite dar pasos en esta dirección. Tener más tiempo para nosotros lleva, también, a poder disfrutar de formas de ocio menos consumistas y más ricas. Hay estudios que muestran que las jornadas laborales más largas llevan a estilos de vida más intensivos en emisiones de CO2: más necesidad de comidas precocinadas, más trayectos en coche (porque no hay tiempo para ir de otro modo), más ocio orientado al consumo porque necesitamos satisfacciones inmediatas.

No hace falta tampoco recordar que trabajar menos horas disminuye el estrés, mejora nuestra salud y, en definitiva, nos proporciona eso que hemos dado en llamar bienestar. Por último, uno de los aspectos más importantes de esta reducción del tiempo de trabajo remunerado es la posibilidad que se abre para poder dedicar más tiempo para unas tareas de cuidado que tienen que ser repartidas, por fin, de modo igualitario.

En las últimas semanas está aumentando la conversación en torno a la reducción de jornada: el grupo parlamentario de Más País-Equo ha presentado una enmienda a los Presupuestos, planteando una subvención para impulsar a pequeñas y medianas empresas a reducir su jornada laboral sin reducción de salarios, y además el gobierno dice estar «estudiando» la reducción de horario de trabajo. Aunque tal vez se le deba exigir al ejecutivo que comience por implementar esta reducción en la Administración y el sector público en general, es un paso importante sobre todo para que este debate llegue para quedarse en la sociedad, y que rápidamente se convierta en una reivindicación generalizada. En el programa laSexta Clave hicieron recientemente una entrevista a pie de calle a varias personas preguntando sobre la reducción de jornada y no fueron capaces de encontrar una sola que estuviera en contra. Se trata de que vaya calando la idea de que no solo es algo beneficioso, sino realizable.

Ahora mismo entre la izquierda existen diversas ideas tanto sobre cómo hay que afrontar la transición ahora como sobre qué pinta tendrá el mundo dentro de cuatro o cinco décadas. Creemos que, dentro de esta diversidad, es importante que existan visiones compartidas, y el trabajar menos –y en concreto la reducción de jornada– es un cachito de utopía que debería ser común, tal y como ya lo es, por ejemplo, acabar con la industria fósil. Esta es, además, una idea popular con un gran arraigo en el imaginario colectivo. Algo que puede convertirse en la punta de lanza de un ataque frontal al moribundo e injusto sistema actual. La oposición o escepticismo que pueda despertar esta idea se debe, casi exclusivamente, a la incapacidad de creer en un mundo diferente, a la indefensión aprendida tras décadas de derrotas de los de abajo. El primer paso, pues, es traer la utopía del territorio de las ensoñaciones anestesiantes al horizonte de lo posible. Convertir, parafraseando a Raymond Williams, la convincente desesperación en una esperanza posible. 

Fuente: Climatica La Marea (.com)

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