Escucha cómo suenan los bosques: árboles, aves y lobos

Un recorrido sonoro por los bosques españoles descubre una manera poco habitual de fijarse en el ecosistema

Noticias Generales 08 de julio de 2020
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¿Han oído alguna vez el amanecer? Sí, oír. Es fácil, si lo han visto es muy probable que también lo hayan escuchado. Los oídos no se pueden cerrar. ¿A qué suena?

La semana pasada se celebró en el Jardín Botánico un espectáculo que empezó con un amanecer en este bello lugar y terminó con una manada de lobos tomando el Paseo del Prado. Como lo oyen. Sí, oír. Es el sentido que importa.

Quizá haya quien piense que lo que ocurrió fue que Carlos de Hita, que se autodefine como recolector de sonidos de la naturaleza, presentó su libro Viaje visual y sonoro por los bosques de España (Anaya Touring), pero no. Quien esté familiarizado con el arte contemporáneo lo podría denominar una performance en la que el sonido era el protagonista y estaba acompañado con un secundario peculiar, su caligrafía: los sonogramas (su imagen gráfica). Un lienzo con trazos abstractos que dan forma al ruido. Arte sonoro.

Los amantes del vino se vieron en mitad de una cata en la que el sumiller ofrecía joyas destiladas de los bosques, la esencia de cada uno en el crocitar de un cuervo, el trallazo del rayo que precede al trueno, el balido de una cabra, el murmullo de una cascada o el silbido húmedo del alisio en Garajonay. Una exaltación de los sentidos —bueno no, de uno solo— y de los sentimientos. “La información llega por la vista, pero el matiz, la emoción, por el oído. Por eso la música es tan eficaz”, explica De Hita, especialista en la grabación de sonido en la naturaleza y del paisaje sonoro. ¡Ojo!, con lo que eso implica: horas y horas y horas y horas… de espera. Y, claro, lo que la espera conlleva: mucho tiempo para pensar y para hacerse preguntas como ¿a qué suenan los bosques? Entre otras cosas suenan a bofetada de realidad. A la constatación de la sordera y del analfabetismo en esta materia que padecen (padecemos) los urbanitas, muchos incapaces de distinguir la flora, la fauna o los fenómenos meteorológicos.

Como cualquier presentación de libro cumplió el esquema convencional: entrada de los asistentes, llegada del autor, saludos y abrazos del segundo a los primeros —la mayoría se conocen—, comienzo con presentaciones y agradecimientos, el acto en sí y fin con parabienes y más saludos entre amigos y colegas. Luego ya, en petit comité, los más cercanos pueden regarlo con vino, cerveza o zumo de frutas del bosque, por eso de seguir con la materia.

Lo excepcional fue el centro del acto. La vista era prescindible y, en un mundo en teoría audiovisual —pero en realidad más visual que audio—, esto ya lo hace especial. Como si de un día se tratase comenzó con el sonido del amanecer en el Jardín Botánico: un mirlo canta su melodía repetitiva, fuerte, se impone a la suciedad que genera el ruido del Paseo del Prado de fondo, incluso cuando cualquier madrileño diría que está vacío. El sonograma es demoledor: los trazos del canto del ave son pizpiretos como notas en un pentagrama, pero la boina gris de contaminación que cubre Madrid tiene también su versión acústica en una sombra gris con la que se representa el monótono y constante ruido del centro de la ciudad, incluso antes de que pongan las calles.

Después, De Hita comenzó a revolotear cual pajarillo de bosque en bosque. Recorriendo la Península y las islas, mención especial para las especificidades de las laurisilvas canarias. Con el cuu cuu cuu cuu del cuco, el buhu buhu del búho, el tovía tovía tovía tovía de la totovía o el pin pin pin pin… del pinzón vulgar demuestra que los nombres de muchos pájaros responden a la onomatopeya de su canto y que se ha perdido gran cantidad de vocabulario porque ya son muy pocos los que saben llamar a las aves por su nombre.

La traca final fue meter la noche del asturiano bosque de Muniellos en el centro de Madrid. El lobo alfa llama a la manada. Lanza un aullido largo y grave. Un jabalí gruñe y huye asustado intuyendo lo que le viene encima. El grupo de jóvenes responde, el valle amplifica sus voces más agudas. Un escalofrío recorre a los asistentes, amantes del sonido y/o del autor, que de repente se sienten rodeados de este grupo de animales.

No es un libro, no es concierto, no es fotografía, no es botánica, no es meteorología, no son animales ni plantas, es todo eso. No se lo pierdan. Escúchenlo.

Fuente: El Pais (Español)


 


 


 

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