

En referencia a la presente convención es válido reflexionar sobre el tema sin mentirnos. La comunidad científica se pronunció hace décadas sobre las dramáticas consecuencias que está sufriendo el planeta por el cambio climático, afectando la biodiversidad, con la consecuente pérdida de la calidad de vida nuestra y de las generaciones futuras. Digo mentiras porque es inconcebible que China y Rusia, que son el segundo y tercer país que más contaminan, no participan; tampoco Brasil, que tiene los índices de deforestación más altos. Eso quiere decir que van a seguir liberando a la atmósfera gases GEI en sus procesos productivos; entonces ¿de qué sirve que países chicos y en desarrollo, que tienen índices muy bajos de contaminación, se fijen Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS), si los grandes mienten o no participan? Los compromisos de los gobiernos son hasta aquí solo una foto para la tribuna; nunca irán con sus políticas públicas en contra del mercado, que es en definitiva el que contamina por su lógica avidez de producir cada vez más y más barato.
Los países necesitan generar riquezas a bajos costos; esa es la verdadera razón que no les permite cumplir con sus falsos objetivos verdes. Ejemplo claro es Argentina, que fue la segunda nación de 180 que participan de la cumbre en fijar sus metas sustentables de mediano plazo (2030) llamadas NDCs y a su vez sigue subsidiando Vaca Muerta, que es la tercera reserva por su tamaño de combustibles fósiles del mundo; un contrasentido. Nuestro país debería cambiar su matriz energética poniendo el foco en el gran recurso natural que son los ríos y su potencial hidráulico, pero por ahora eligen mentirnos y seguir en el camino opuesto. Estamos hipotecando la calidad de vida de las generaciones futuras, consumiendo recursos irresponsablemente.
La solución, considero desde de mi ignorancia, tiene que venir en primer lugar de la mano del mercado, del cual nosotros somos una parte muy importante; “la demanda” en la medida en que empecemos a consumir de manera responsable, es decir, exigiendo la trazabilidad de los productos y servicios que demandamos en cuanto a sus huellas ambientales; “la oferta”, que es la industria, o sea el poder económico, tendrá forzosamente que adaptarse a los nuevos hábitos y producir en base a energías y procesos verdes.
Mientras tanto, ninguna política pública será efectiva a la hora de lograr que los industriales y el mercado asumamos el sobreprecio que impone la producción sustentable. En segundo lugar, el mercado financiero internacional también jugará un rol protagónico evitando financiar a los procesos contaminantes o energías sucias, solo liberando fondos para los proyectos verdes (Low Carbon). El Estado ejercerá un rol de soporte bajando fondos para proyectos de conservación y servicios ambientales, fijando normas, monitoreando su aplicación y educando a la población, salvo que la sociedad en su conjunto y las asociaciones ambientalistas logren imponer una agenda seria y participen activamente en controlar al poder de turno.
En resumen, no miremos esta convención como si se estuviera tratando problemas lejanos y exclusivos de los gobiernos; al contrario, nosotros tenemos que ser los protagonistas del cambio y desde nuestro lugar aprender a pensar y actuar por el bien común; por ejemplo, además del consumo responsable, el respeto por la naturaleza, que es la mejor herramienta que tenemos para combatir el calentamiento global, ya que los árboles en su proceso de fotosíntesis absorben un tercio del dióxido de carbono CO2 que producimos. Se lo debemos a nuestros hijos que en este sentido son mucho más confiables que nosotros porque pertenecen a una generación que tiene incorporado el respeto por el medio ambiente.
No es una producción propia, la fuente es Javier Zerda (Arquitecto y empresario) para el Diario La Gaceta (Tucuman, Argentina)


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