
Así se ve un refugio climático en el patio de una escuela
Marcos BachEn Barcelona, el patio de la Escola Cervantes ya no tiene asfalto. Donde antes había cemento gris, hoy hay tierra con vegetación, árboles, puntos de agua y zonas de juego natural. Es una de más de 30 escuelas de la ciudad que se transformaron gracias a programas como "Refugis Climàtics" y "Transformem els patis". ¿Cómo se ve exactamente un refugio climático escolar, y qué le aporta a los chicos que juegan ahí todos los días?
Cómo se ve: de gris a verde
La transformación típica reemplaza buena parte del cemento por suelo permeable y vegetación: césped, arbustos y árboles que generan sombra donde antes solo había sol directo sobre el asfalto. Se suman huertos escolares que funcionan como aulas al aire libre, zonas de juego con troncos, arena o piedra (en lugar de juegos de plástico estandarizados), puntos de agua, y en algunos casos jardines de mariposas o pequeños "bosques en miniatura" (Tiny Forests), parches muy densos de árboles y arbustos en poco espacio, un modelo que ya se probó en escuelas de Utrecht, Países Bajos.
Foto de Hussain Badshah en Unsplash
Los beneficios: mucho más que sombra
El primero es climático: más árboles significan menos temperatura en los días de calor extremo, algo cada vez más relevante con olas de calor más frecuentes. El suelo permeable, además, ayuda a absorber el agua de lluvia en tormentas fuertes, en lugar de saturar el desagüe.
Pero los beneficios no terminan ahí. Según Corina Basnou, bióloga del CREAF que coautoró un estudio sobre estas transformaciones en Barcelona y Utrecht, los patios verdes mejoran la salud mental, la concentración y el desarrollo motor de los chicos. Jugar con tierra, trepar troncos o construir con arena estimula la imaginación de una forma que el asfalto liso no puede. Y hay un beneficio extra: varias escuelas abrieron sus patios al barrio fuera del horario escolar, convirtiéndolos en refugios climáticos comunitarios para toda la vecindad, no solo para el alumnado.
Lo que enseña a las nuevas generaciones
Un patio así no es solo un lugar más agradable para el recreo: es una herramienta educativa. Los proyectos de Barcelona incluyen explícitamente un componente pedagógico, donde el cambio climático se trabaja en el aula a partir de las propias transformaciones del patio. Los chicos ven de primera mano cómo un árbol da sombra, cómo el suelo absorbe agua, o qué insectos y pájaros aparecen cuando hay vegetación donde antes no había nada.

También hay una dimensión más sutil: naturalizar el contacto con la tierra, el barro y los bichos desde chicos. Basnou señala que uno de los desafíos más grandes no es técnico sino cultural: convencer a los adultos de que jugar con barro no es "sucio" y trepar a un árbol no es necesariamente peligroso.
El desafío pendiente: la equidad
El estudio de Basnou y su equipo, publicado en European Planning Studies, encontró una diferencia clave en el financiamiento: en Barcelona, el programa se sostiene con fondos públicos (incluidos fondos europeos FEDER), lo que permite que barrios con menos recursos también accedan a esta transformación. En Utrecht depende más de subvenciones chicas, ONG y el esfuerzo de cada comunidad escolar, un modelo que puede ampliar las diferencias entre escuelas con más o menos capacidad de gestión. Los investigadores remarcan que la financiación pública es clave para que estos refugios no terminen siendo un privilegio de las escuelas mejor conectadas.
¿Y en nuestras escuelas?
Nada de esto requiere una obra monumental: puede empezar con plantar algunos árboles nativos, sacar unos metros de cemento para poner tierra y pasto, o armar un huerto en una esquina del patio. Si te interesa impulsar algo así en tu escuela o en la de tus hijos, podés acercar la propuesta a la cooperadora o al municipio, tomando como referencia experiencias ya probadas como las de Barcelona.


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