Educar, producir y conservar, desde el campo

Compartimos la experiencia de la finca La Huella: un espacio multidisciplinario donde educación, producción y conservación dialogan entre sí para construir nuevas realidades. La educación en tiempos de pandemia e híper conectividad, la importancia de la agroecología en las niñeces y la figura del neo campesino como sujeto social

Noticias Generales 09 de noviembre de 2020
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La Huella se encuentra en Vaqueros, Salta, a quince kilómetros de la capital provincial. La finca, de treinta y tres hectáreas, se ubica en un área que pertenece a las yungas de la selva de montaña, “una región que, cuando llegamos, ya estaba fuertemente modificada con respecto a lo que era en tiempos coloniales”, cuenta Olga. Por eso, explica, conservan un área de trece hectáreas de monte regenerado, que permanece intacto: la conservación es uno de los pilares sobre los que Olga y Jan, su compañero, comenzaron a construir el proyecto de La Huella. “Llegamos acá después de haber vivido cinco años en Isla de Pascua, un tiempo que para nosotros fue prácticamente una vida entera. Vivir en una isla te enfrenta a una escala distinta de lo que es vivir en un continente: las consecuencias de las acciones son prácticamente inmediatas; no es posible esconderse, y la devastación es evidente en muy corto plazo. Así que, con esa mirada y esa experiencia que nos modificó profundamente, llegamos acá. Llegamos de manera muy fortuita. No conocíamos Vaqueros, y de alguna manera sentimos que el lugar también nos eligió. Fue como mutuo. La Huella es nuestra casa, es nuestro lugar en el mundo. Es donde vivimos con nuestros hijos y nuestros nietos. Y, como todo sistema vivo, ha ido evolucionando y cambiando en los veinticinco años que llevamos acá. Desde el principio sentimos -y decidimos- que la finca iba a estar asentada en tres ejes: conservar, producir y educar. Tres ejes que a lo largo de los años se han mantenido como vertebradores de todo lo que hacemos acá”.

Desde 2017 forman parte del SIPAP, el Sistema Provincial de Áreas Protegidas. Eso implica que el Estado Provincial reconoce la trayectoria de conservación y de producción agroecológica de La Huella, que hoy es considerada una reserva de usos múltiples. “Esta parte de usos múltiples es muy importante, porque tiene que ver con el espíritu de lo que para nosotros es la agroecología: es producir y conservar. Dos cosas que no están reñidas”. Producir, conservar, y educar. En La Huella, la producción, la conservación y la educación se entremezclan dentro de un mismo espacio, creando un ámbito donde la formación toma un carácter vivencial, y no sólo teórico. Junto con la huerta, un espacio de frutales, y la cría de cabras para la elaboración de quesos y lácteos, convive una propuesta educativa: ‘La Granjuela’, que funciona desde hace diez años y, hasta el comienzo de la pandemia, recibía cada semana a casi cien chicxs, de entre dos y dieciocho años de edad, que asisten de manera regular. “Nosotros sentimos que la diferencia entre la Granjuela y las visitas de las escuelas (que también recibimos) se puede mirar como la diferencia entre hacer siembra al voleo y hacer una almaciguera: es decir, cuando vienen los niños de manera pautada, con sus maestras, como la visita a la granja tradicional, vemos que es como una siembra al voleo. Siempre hay algunas caritas que se quedan así como ‘esta señora de qué me está hablando’, y otras ‘qué interesante’, digamos; y, por otra parte, a la Granjuela los niños vienen porque quieren”. Olga resalta la importancia de comenzar el proceso de formación y educación en edades tempranas: “Para nosotros es muy, muy importante que la agroecología no pierda de vista a la infancia, a la niñez, a los niños, porque nos parece que muchos de nosotros hemos tenido que pasar por un proceso de desaprendizaje, que a lo mejor es innecesario si los niños ya crecen con esta idea”.

El aislamiento obligado a partir de la pandemia, que interrumpió la ‘normalidad’ de las actividades educativas, no hizo una excepción con la Granjuela. Olga encuentra en esta situación la oportunidad de repensar el rol de la Escuela, no sólo en épocas de pandemia y distanciamiento forzado, sino de la educación dentro del espacio institucional, y de las prácticas de la Escuela en tanto aparato ideológico como formador de sujetxs. “Vamos generando un corpus teórico que nos permita prácticas educativas que abreven en distintas escuelas, distintos métodos, pero no nos parece menor que el espacio de enseñanza-aprendizaje sea el campo. No hablamos sobre el campo, hablamos en el campo. Y encontramos también que los conocimientos de astronomía, de biología, son aplicados en nuestras prácticas cotidianas: el sentido que tiene saber cuándo es un solsticio, el sentido que tiene hablar de cruzamiento genético… y en ese sentido es que después de muchos años hemos sido legitimados por instituciones, y hoy por hoy tenemos convenio con escuelas y estamos generando prácticas educativas disruptivas, si se me permite la palabra, en donde, por ejemplo, en la escuela secundaria local, los lunes durante todo el año pasado, los chicos no iban a la escuela, sino que venían a la Granjuela con sus docentes. Y hemos intentado encontrar un diálogo entre la currícula institucional de la escuela y la propuesta educativa de la Granjuela, con resultados realmente muy alentadores. Por supuesto, la pandemia ha venido de un plumazo a barrer, pero no a anular. Entonces confiamos en que en algún momento podamos volver a trabajar. De hecho, con el grupo de adolescentes estamos manteniendo charlas virtuales. Acabamos de empezar un canal de youtube porque, bueno, hay que ver cuáles son los lenguajes que usa la juventud, la adolescencia, y tomar cualquier crisis como una oportunidad, cuando uno está convencido de lo que hace”.

Olga y Jan se conocieron en Chile, en una escuela de tecnologías socialmente apropiadas organizada por el CETAL (el Centro de Estudios de Tecnologías para América Latina). Jan había sido enviado desde su Nueva Zelanda natal por Bill Mollison, padre de la Permacultura, para difundir la disciplina en el país transandino. Para ese entonces, a principios de la década de 1980, empezaba a sonar con más frecuencia el término ‘agroecología’. “Pensábamos, con Jan: nosotros somos la agroecología. Y en tanto eso, a nosotros nos gusta definirnos como neo campesinos. Este neo campesinado, sentimos, es una clase social -casi diría- que está en definición. Y la particularidad que tiene es que es una clase social que se autodefine. Es como que estamos con un libro en una mano y un pico en la otra. Somos personas que no venimos de tradición campesina, pero elegimos esta vida, con lo cual hemos tenido que alfabetizarnos. Alfabetizar nuestros cuerpos, nuestras cabezas, nuestras formas de organizar. Estamos muy convencidos de lo que hacemos, pero no podemos abrevar en un pasado familiar, por lo menos. Entonces vamos nutriéndonos de experiencias de otros lugares. Creo que la palabra Glocal [1] sirve para entender quiénes somos todos nosotros. Somos personas que elegimos esta vida y que hemos puesto al servicio de esta idea nuestros propios cuerpos. Y eso significa que nuestras biografías están en discusión, de alguna manera. Hemos renunciado a mucho de lo que podíamos ser, por hacer. Y en ese sentido es que nos asumimos como la agroecología. En ese sentido, me parece importante decir que nosotros, desde mediados de los años ochenta, formamos parte de ese movimiento alternativo latinoamericano que discutía matrices tecnológicas y modelos productivos en relación a los procesos democráticos incipientes. Formamos parte de encuentros latinoamericanos de escuelas de tecnologías socialmente apropiadas, y en ese momento había toda un ebullición que siguió distintos caminos. Hoy, a lo mejor, muchos de nosotros hubiéramos querido ver que ese planteo se hubiera transformado en más experiencias organizadas, con un mayor diálogo con los estados. Pero, bueno. Esto es lo que tenemos hoy”.

La diferencia, para Olga, entre neo campesinado y nueva ruralidad (término usado para intentar explicar los cambios a partir de la implementación de políticas neoliberales en las áreas rurales) radica en el enfoque que cada uno de los conceptos hace sobre los sujetos: mientras el neo campesinado habla de un sujeto social, la nueva ruralidad habla desde el punto de vista demográfico, de dónde se ubica y cómo está distribuida una población. “Conceptualmente es distinto, porque nadie se puede asumir como un nuevo rural pero sí como un neo campesino. Me parece que, en estos momentos en donde falta la sensación de pertenencia, es decir, las clases sociales están completamente diluidas, la pertenencia está diluida -y más en el marco de la pandemia-, tenemos que hacer foco en un nuevo sujeto, más que en esto de volver a la dicotomía campo-ciudad. En este movimiento informe, ameboide, que todavía ni se asume como tal. Nos parece que en el marco de la pandemia tenemos la oportunidad de que se transforme en un eje de políticas públicas a todos los niveles. En un eje, te diría, principal: porque tenemos que reordenar este mundo, porque sabemos que las ciudades son, en términos ecológicos, insustentables… o así lo decíamos hasta el año pasado; ahora además se agregó un convencimiento general de que es malo sanitariamente. Entonces ¿dónde se van a producir los alimentos? Tenemos que poder ocupar los territorios de otra manera. Es interesante porque a veces las palabras ordenan también. Y en ese sentido, ahora nos parece que es muy interesante cómo la agroecología engloba muchas prácticas que le dan legitimidad frente a la sociedad, y eso también es muy importante para este neo campesinado del cual nos sentimos parte”.

La pertenencia colectiva es otro eje esencial en la vida de quienes habitan La Huella, que no entienden la agroecología como un conjunto de soluciones particulares para problemas individuales, o como prácticas centradas en fincas y en espacios privados. “Para nosotros el pensamiento ecológico también tiene que ver con nuestras relaciones sociales”. Además de la interacción con los espacios escolares, se vincularon, a lo largo de estos veinticinco años, con muchos procesos colectivos territoriales, como el Foro Agrario, la UTT y la Asociación de Pequeños Productores Agropecuarios del departamento La Caldera (donde se ubica Vaqueros). Crearon también, junto con otrxs vecinxs, una biblioteca popular, generaron un círculo de mujeres vinculadas a plantas medicinales, un botiquín comunitario, fueron parte de la fundación del mercado Vaquereño y de la gestación de una moneda social “que en este momento estamos tratando de reeditar, aggiornada estos tiempos”. También formaron parte de quienes empezaron la cátedra de soberanía alimentaria en la Universidad Nacional de Salta.

En tiempos de pandemia y crisis de la economía global, desde La Huella consideran que la época se presta para repensar las estrategias y aprovechar la oportunidad para reordenar condiciones de desigualdades que hasta hace poco no estaban en discusión. “Entendemos que, quizás, si le prestamos atención, es un momento clave para detener el éxodo rural y poner en valor la vida en el campo. También para redefinir lo que es el desarrollo. Algo que venimos, desde hace muchos años, muchos de nosotros, discutiendo y poniendo sobre la mesa, pero que no era una discusión general en la sociedad. Como te decía, creemos que hoy están dadas las condiciones, por ejemplo, para repensar la escuela. Los niños ahora no están yendo a la escuela tal cual la conocemos. Entonces ¿a dónde vamos a educar, quiénes van a educar, qué le vamos a decir a los chicos? Nos imaginamos un estado homologador de saberes, en donde experiencias históricas, como la de Warisata [2] en Bolivia, nos pueden dar elementos. Por supuesto que actualizados: hay una híper conectividad que nadie puede negar, pero entonces tenemos ahora la oportunidad de repensar cosas como estas. Entendemos que este proceso requiere de voluntad política, enormes desafíos técnicos, y un cambio profundo de la sociedad, pero creemos que esta pandemia ofrece, a nivel global, la oportunidad de revertir un proceso duro, por decirlo de alguna manera, que comenzó en la revolución industrial, en donde la educación, la salud, la organización social, la función del estado, el rol de las mujeres, todo tiene que ser revisado para abrir las puertas a un mundo mejor. Nos imaginamos, claro, un sistema híper conectado, sincrónico, donde hay un ritmo de fondo que todavía entendemos que no están dadas las condiciones para cambiar, un sistema capitalista que se está rediseñando; pero eso es el ritmo de fondo. Y entendemos que la melodía puede ser local”.

Fuente: Biodiversidad la (.org)

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