Pandemia y migración: ¿se agotó el modelo de vida en las grandes ciudades?

El hacinamiento, la contaminación y el escaso contacto con la naturaleza hacen inevitable el cuestionamiento sobre el modo de vida urbano. Cintia Jaime, directora de la fundación ES VICIS, sostiene que “un nuevo estilo de vida se impone con urgencia”.

Noticias Generales 26 de mayo de 2020
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La llegada del COVID-19 trastocó muchos de los pilares fundamentales sobre los que se erigía nuestra vida. De un momento a otro, comenzamos a reflexionar sobre los encuentros cara a cara, el rol de los Estados nacionales, la fragilidad del sistema económico, el papel de la política, el daño al medioambiente, la manera en la que nos relacionamos con los espacios domésticos. En las grandes ciudades, muchos descubrieron que su hogar apenas contaba con balcón –en otros casos, ni siquiera eso–, por eso, quienes cuentan con jardín o patio pueden considerarse afortunados.

En este marco, la pandemia brinda la posibilidad de cuestionar la manera en la que habitamos las grandes ciudades. Cintia Jaime, directora ejecutiva de la fundación suiza ES VICIS y docente en la Universidad de Basilea, lleva años trabajando con su equipo en esta problemática para revertir la tendencia de la aglomeración en las grandes ciudades. El primer proyecto se llamó Bienvenidos a mi pueblo y consistió en gestionar y acompañar la mudanza de 20 familias de Rosario y Santa Fe a Colonia Belgrano, un pequeño pueblo de Santa Fe.

El movimiento no dejó variables libradas al azar: se postularon muchísimas familias, hubo un proceso de selección y de trabajo de integración con la comunidad local y el gobierno provincial. El objetivo que perseguían era aportar valor al pueblo, que necesitaba ciudadanos, e integrar familias emprendedoras que a su vez pudieran mejorar su modo de vida.

Hoy la fundación ES VICIS está trabajando en establecer alianzas y la cooperación público-privada necesarias para poder replicar su programa “Bienvenidos a mi Pueblo" en otras localidades rurales de la Argentina, y también en otros países, en su objetivo de promover una balanza territorial más equilibrada.

Dadas las circunstancias generadas por el advenimiento del COVID-19, Jaime sostiene que “la pandemia nos impone reflexionar”, y, para ello, cita números. En un país cuya densidad poblacional podría ser de 10 habitantes por kilómetro cuadrado, CABA y Gran Buenos Aires superan los 17.000. “Comparativamente, otros países con la misma cantidad de habitantes que Argentina ofrecen una balanza más positiva en la distribución de la población”.

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-¿Qué factores hicieron concentrar a los habitantes de Argentina en unas pocas grandes urbes?

-No se puede atribuir a un solo factor, sino a varios. Uno, sin dudas, es el de la historia de Buenos Aires misma, una provincia que se ha creído más. Históricamente, fue dominante por su poder económico basado en el control del puerto, y esto produjo un desequilibrio geopolítico que, desde luego, tuvo impacto en la migración: la gente emigra por causas económicas y va hacia donde cree que se repartirán los recursos y habrá prosperidad económica. El segundo factor, que se evidencia como una desatinada política pública, ha sido el dejar de subvencionar la comunicación ferroviaria para conectar el país. El tercer factor ha sido que no hubo inversión en infraestructura vial. El quitar ramales ferroviarios y no construir caminos fue letal para poder arraigar la población y sostener la producción.

-¿Qué factores hacen que solo un mínimo porcentaje de la superficie habitable esté ocupada por la humanidad?

-La humanidad se asienta en casi el ocho por ciento de la superficie habitable del planeta, y el dos por ciento lo ocupan las ciudades. Hay una narrativa instalada desde hace décadas que habla de un menosprecio a los pueblos rurales. Es una paradoja si se considera que en las ciudades se encuentran las tasas más altas de inseguridad, pobreza, desempleo y barrios marginados carentes de servicios básicos. Este desafío es mundial. Según datos del programa ONU Hábitat, las urbes, que solo ocupan el dos por ciento del total de la superficie del planeta, consumen el 80 por ciento de la energía global, son responsables del 60 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero y del 70 por ciento de los residuos que se generan globalmente. Aun así, se siguen proponiendo desde ese ámbito inversiones de más de 40.000 millones en “ciudades inteligentes” a nivel mundial. ¿Tenía que venir una pandemia a demostrar la fragilidad que provoca hacinarse y vivir apartados de la naturaleza, contaminando este planeta?

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-¿La llegada del coronavirus plantea discusiones sobre el paradigma de la vida en la gran ciudad?

-Con nuestra experiencia piloto, advertimos desde 2016 que hay una demanda insatisfecha que está buscando canalizar su voz desde hace años y pide a gritos invertir recursos para permitir a las personas remigrar a los pueblos, vivir en comunidad y cerca de la naturaleza.
Hoy la fundación ES VICIS está trabajando en establecer alianzas y la cooperación público-privada necesarias para poder replicar su programa en otras localidades rurales de la Argentina, y también en otros países, en su objetivo de promover una balanza territorial más equilibrada.
El cambio de paradigma se encuentra acelerado por la pandemia. Pero, lamentablemente, en forma de tragedia, ya que hay familias atrapadas en las ciudades y cientos de miles que huyeron buscando refugio en los pueblos, como se ve en Perú o en India, y les seguirán otros. En Argentina, ya el mercado inmobiliario está detectando un cambio de tendencia: se buscan ahora casas con fondo y espacios verdes, porque las ciudades le dan la espalda a la naturaleza. La pandemia puso en evidencia la fragilidad de las ciudades y ha acelerado el proceso que impulsamos para remigrar hacia zonas rurales.

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-¿A qué llamás “remigración”?

-Los flujos migratorios presuponen acciones: emigrar es irse, dejar un lugar; inmigrar es llegar a un lugar nuevo. Remigrar es volver a la tierra de origen; se lo aplicaba internacionalmente, dejando el vocablo “retornar” para la migración interna. Remigrar como una contratendencia al flujo de migración a las ciudades. En nuestra fundación, hablamos de invertir el flujo migratorio, que se viene dando de los pueblos a la ciudad, y de impulsar una migración desde la ciudad hacia los pueblos. Con nuestra propuesta, estamos resignificando esta acción asociando este vocablo “remigrar” con una migración sostenible, guiada, con una estrategia de gobierno en las inversiones y un proceso acompañado por la sociedad civil. Y esta sostenibilidad no se da solo desde el punto de vista económico, sino fortaleciendo ejes de bienvenida y de vivienda para realmente generar el arraigo y bienestar de las personas que remigran.

-En caso de gran crecimiento de migraciones que supongan una salida de la ciudad, ¿qué aspectos habría que tener en cuenta para que se produzca de modo sostenible?

-La migración es sostenible en torno a tres pilares que trabajamos dentro del programa Bienvenidos a mi pueblo: una bienvenida, un trabajo, una vivienda. Sin la bienvenida, se corre el riesgo de que se tienda a la formación de guetos y se termine generando un problema social. La bienvenida es fundamental para garantizar la integración. El segundo es el sustento económico. Es central y está en este orden. Es el eje de la causa de la migración mundial en un 60 a 70 `por ciento. Y no de ahora, sino desde hace siglos. Sin un ingreso, uno no puede sostenerse, se ve obligado a emigrar, a dejar su tierra, su cultura, su gente.
Por eso, es fundamental identificar las oportunidades de negocio del pueblo y ofrecerlas a las familias que tengan las capacidades para cubrirlas. El tercero, la vivienda, es el corolario, la respuesta a esa bienvenida y a ese ingreso o sustento económico.

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-¿Cómo se encuentran hoy, dado el contexto de pandemia, las nuevas familias que migraron a Colonia Belgrano? ¿Hay algún tipo de acompañamiento que la fundación considere necesario realizar en estos casos?

-Las familias, en general, se encuentran muy bien, algunas cerraron negocios por las medidas impuestas, pero están recibiendo el apoyo de la comunidad para sobrevivir económicamente. Hay una gran solidaridad en Colonia Belgrano, y hoy estamos satisfechos por el trabajo fundamental de integración. La prueba piloto que hicimos ofreció acompañamiento durante dos años, hasta que los objetivos de sostenibilidad se alcanzaron. En la pandemia, las familias están solidarizadas, hay vecinos originarios que cubren parte del déficit de aquellos que están dentro de los sectores más afectados, un “no me pagues el alquiler”, y también hubo vecinos preocupados que ofrecieron préstamos a otros que vieron afectados sus negocios. La pandemia afecta a la totalidad del planeta, pero el apoyo debe ser dentro de la comunidad.

Fuente: Infobae (Argentina)
 
 
 

 


 

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