El cambio climático: ¿ciencia o religión? Dogma para someter a los ciudadanos

«La mejor y más eficaz defensa del medio ambiente es la propiedad privada»

Cambio Climático 25 de julio de 2022
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Todos estos días estamos viendo en los telediarios al presidente del Gobierno posando ante las lejanas huellas de alguno de los devastadores incendios que estamos sufriendo en España. Posando y dirigiéndose a los españoles en un tono solemne y, también hay que decirlo, admonitorio, como un predicador clásico.

Nadie puede negar la gravedad de esos incendios y las consecuencias que llevan consigo. En primer y principal lugar, para las personas. Como acabamos de ver, algunos bomberos y algunos ciudadanos de los que luchaban contra el fuego han perdido la vida y ese es un daño irreparable y lamentable. Además, son muchos los agricultores y ganaderos que se han encontrado sus campos, sus prados, sus ovejas o sus vacas calcinados, lo que significa, en muchos casos, su ruina, al menos para este año. También sabemos que estos fuegos se han llevado por delante algunas viviendas, dejando a sus propietarios sin ellas y sin todo lo que contenían. Todos estos daños que tienen a las personas como víctimas son los más tristes, y todo lo que se haga para ayudar a los damnificados a reparar en lo posible la pérdida de sus bienes siempre será poco.

Además, es evidente que estos incendios destruyen bosques, prados y zonas de cultivo, que tardarán años en recuperarse, con lo que eso tiene de destrozo del medio natural, lo que también es un motivo para lamentarse.

Las causas de esos incendios pueden ser muchas y variadas. Dejando a un lado las estrictamente delictivas, es decir, las acciones malintencionadas de auténticos criminales, pueden ir desde la irresponsabilidad de algunos, a los descuidos de otros, pasando, en ciertos casos, por la desidia y los errores de las administraciones municipales, autonómicas o nacional a la hora de prevenirlos o de atajarlos, una vez desencadenados.

Por todo ello, lo que uno podría esperar de las homilías que a diario pronuncia el presidente del Gobierno ante las cámaras de televisión sería que expresara su pésame por las pérdidas humanas y materiales, que arremetiera contra los delincuentes e irresponsables que provocan estas catástrofes, las que no son naturales, sino provocadas, que se condoliera por el desastre ecológico que se ha producido y que, tras reconocer los fallos, si los ha habido, en la gestión de las administraciones públicas, anunciara qué cambios va a impulsar.

No dudo de que, una vez en los lugares de los incendios desde los que posa, dará el pésame y le informarán de las circunstancias del fuego y de sus causas, siempre o delictivas o irresponsables. Pero luego, cuando se pone ante las cámaras, las frases más rotundas que pronuncia, las que recogen todos los medios de comunicación son de este estilo: «Quiero trasladar una evidencia: el cambio climático mata. Mata personas, mata nuestro ecosistema, nuestra biodiversidad y destruye los bienes más preciados del conjunto de la sociedad que se ve afectada por estos incendios, sus casas, sus negocios o su ganado».

Todo esto pronunciado con un tono admonitorio y acusador. Sánchez, desde el lugar de la catástrofe y para que quede bien claro, se dirige a los españoles –y las españolas, por supuesto- para decirles que este espectáculo terrible que ven ustedes detrás de mí es el producto de sus pecados. Porque, al culpar del desastre que allí puede contemplarse al cambio climático, lo que está afirmando, con la rotundidad de un inquisidor medieval, es que ese cambio climático es consecuencia del llamado calentamiento global del planeta. Debido a la perniciosa actuación de los seres humanos que no profesan la religión cambioclimática que él predica. La predica pero practica lo contrario: en su viaje a Extremadura utiliza uno de los helicópteros más potentes, el Puma, para ir, el Falcon para volver (que previamente había ido vacío), su coche oficial y los de escolta para moverse por allí, y el Puma vuelve de vacío para recogerle en Torrejón y llevarle a La Moncloa.

Dejemos que los científicos independientes estudien y debatan en profundidad, sin prejuicios y sin presiones políticas o ideológicas lo que hay de verdad en ese calentamiento del planeta y en la influencia que sobre ello tiene la actuación del hombre.

Pero, al hilo de los sermones de Sánchez, recordemos dos verdades que, éstas sí, son indiscutibles. La primera, que la mejor y más eficaz defensa del medio ambiente es la propiedad privada. Y hay que recordarlo porque Sánchez preside un gobierno en el que hay comunistas declarados, que, como tales, tienen entre sus objetivos irrenunciables abolir la propiedad.

Y la segunda verdad que hay que recordar está unida a esta primera, y es la experiencia que los habitantes de la tierra tenemos de lo que han hecho y hacen con el medio ambiente esos mismos comunistas. Basta recordar la bestialidad que los soviéticos llevaron a cabo con el mar de Aral, que pasó de ser uno de los mares interiores más extensos del mundo a quedar reducido a su décima parte. O la lluvia ácida, que les cayó en los bosques a los alemanes libres procedente de las chimeneas de la Alemania comunista. Por no hablar de Chernóbil, el ejemplo más sangrante de la falta de respeto de los comunistas por el medioambiente y, aún más grave, por las personas, o lo que están haciendo en China, de lo que ni siquiera tenemos noticias fiables.

Por eso, escuchar al presidente de un Gobierno en el que hay ministros comunistas cómo regaña a los que no nos creemos a pies juntillas el dogma del cambio climático resulta, y la palabra puede parecer dura, grotesco.

Porque los incendios no los provoca el cambio climático por mucho que, desde el púlpito, lo predique Sánchez. Culpar al cambio climático de estos incendios tiene la misma base científica que tendría afirmar que son debidos a la condición de gafe del presidente.

No es una produccion propia, la fuente es Esperanza Aguirre para The Objective (.com)

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