Burundi, la lógica cruel del cambio climático

Los fenómenos meteorológicos extremos se ceban con este país, a pesar de que apenas emite gases de efecto invernadero

Cambio Climático 07 de junio de 2021
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Un hogar sin techo no es un hogar. Puede carecer de otros elementos, como puertas, ventanas, muebles, o incluso el aseo; pero nunca de un techo. Por eso Janvière se enfrentó a una de las situaciones más duras de su vida cuando se vio obligada a malvender el tejado de hojalata de su cabaña para poder alimentar a sus cuatro hijos. No tuvo opción. Como tampoco pudo elegir después, cuando las intensas lluvias terminaron de desmoronar aquel frío habitáculo y huyeron a un refugio levantado a toda prisa con ayuda de sus vecinos.

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Desde que nació en Kibande, una población situada en el norte de Burundi, la vida de Janvière se ha construido sobre una ausencia constante de alternativas. Ser mujer en África no es una tarea fácil, pero resulta aún peor si eres madre soltera en uno de los países más pobres del planeta. Aunque este es un continente sostenido por los riñones de sus mujeres, y ellas han forjado su carácter a golpe de infortunios, lo que les ha obligado a desarrollar una tenacidad heroica. Janvière es buena prueba de ello. Para poder alimentar a su familia, ahora trabaja una pequeña parcela de tierra ajena, a varios kilómetros del nuevo hogar improvisado. Y lo hace por menos de un dólar al día. Un salario mezquino que únicamente alcanza para que los niños hagan una comida diaria, casi siempre hojas de yuca hervidas.


En Burundi, las inundaciones han dañado gravemente a sus comunidades, llevándose por delante hogares y cultivos.


La historia de Janvière representa solo una pequeña muestra de las heridas provocadas por el cambio climático, cuyos estragos se acentúan en las zonas más desfavorecidas del planeta. Es la lógica cruel de la miseria. Los países pobres son los que menos contribuyen a la emisión de gases de efecto invernadero, pero al mismo tiempo son los más vulnerables a sus consecuencias.

El calentamiento global ha hecho que fenómenos extremos como fuertes lluvias, ciclones o intensos períodos de sequía se hayan vuelto cada vez más frecuentes. En Burundi, las inundaciones producidas por las tormentas han dañado gravemente a sus comunidades, llevándose por delante hogares y cultivos. Muchas veces, los afectados tienen que huir hacia ninguna parte, prácticamente con lo puesto, encarnando esa figura cada vez más habitual que es el "refugiado climático".

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Vidas amputadas

El incremento de las precipitaciones ha provocado a su vez que en las zonas montañosas los deslizamientos de tierra se produzcan cada vez con mayor frecuencia, y sus habitantes tienen que convivir con el riesgo permanente de que en cualquier momento el suelo desaparezca bajo sus pies, o de que se les venga encima una avalancha de barro. Es lo que le sucedió a Yvette, cuya familia quedó amputada la noche del 4 de diciembre de 2019, cuando su casa fue engullida por un alud de lodo en las colinas de Gisheke, una población situada en el noroeste del país, muy cerca del vértice donde confluyen las fronteras de Burundi, Ruanda y República Democrática del Congo.


En las zonas montañosas, los deslizamientos de tierra se producen cada vez con mayor frecuencia.


“Todo comenzó como si simplemente lloviera. Pero luego, por la noche, se fue intensificando más y más”, revive esta joven de quince años. Lo primero que escuchó fue un estruendo, y después notó cómo el suelo comenzaba a temblar, igual que si se estuviese produciendo un terremoto. Era la montaña, que se derrumbaba sobre ellos.

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De aquellos momentos tan confusos, hay un recuerdo en forma de sonido que Yvette tiene metido tan dentro que no ha podido dejar de escucharlo. Es el grito desesperado de su madre llamando a su hermano de nueve años, que salió corriendo despavorido de la casa y se perdió para siempre en la oscuridad. Su cuerpo fue recuperado a la mañana siguiente, y fue enterrado junto con otras 26 víctimas. 

Aquella noche murieron 37 personas en Gisheke, y hubo diez que nunca pudieron ser localizadas. En total, 350 viviendas se desvanecieron como si nunca hubiesen existido. Ahora, cada vez que comienza a llover, Yvette no puede evitar que un escalofrío recorra su cuerpo.

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Castillos de arena bajo las olas

Muchas de las casas de Burundi están construidas con arcilla, un material barato y que ofrece un buen aislamiento térmico, aunque especialmente frágil ante las inundaciones. En marzo de 2020, Jeannette vio cómo su cabaña se deshacía igual que un castillo de arena golpeado por una ola. Le sucedió lo mismo a más de 50.000 personas en Gatumba, una localidad situada a orillas del lago Tanganica.

De repente, había agua por todas partes. Entramos en pánico, tratando de salvar a nuestros hijos mientras la casa quedaba arrasada”, recuerda Jeannette, que finalmente logró reunir a sus hijos y llevarlos hasta la carretera principal, "con las manos vacías, empapada, con frío, pensando que era el fin del mundo". El Gobierno burundés asignó a las familias afectadas un área cercana para que pudieran levantar unos refugios muy precarios, construidos con lona y hojalata, que son ahora su hogar.

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Las características topográficas de este país africano hacen que las inundaciones sean recurrentes, un problema agravado por la ausencia de infraestructuras fluviales y de un sistema eficiente de drenaje. La temporada de lluvias suele anegar zonas como Gatumba con relativa frecuencia, pero en los últimos años las precipitaciones se han descontrolado y ya ni siquiera obedecen a un patrón climático, por lo que es imposible realizar previsiones.

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En esta población, miles de viviendas fueron arrasadas por las fuertes lluvias de la primavera del año pasado, y once de sus catorce escuelas resultaron tan dañadas que tuvieron que cerrar. Ahora, una buena parte de su territorio permanece inundada, y los campos donde las familias cultivaban frijoles y maíz se han convertido en una sopa infecta. Familias desplazadas como la de Jeannette viven rodeadas por masas de agua estancada que a veces incluso atraen a hipopótamos y cocodrilos, dos animales cuya cercanía resulta especialmente peligrosa para el ser humano.


Familias desplazadas viven rodeadas por masas de agua estancada que atraen a hipopótamos y cocodrilos.


Pero en medio de este horizonte tan sombrío también hay espacio para la esperanza. Jeannette es costurera, y ha podido beneficiarse de un plan de microcréditos financiado por UNICEF, que le ha permitido montar su pequeño negocio dentro del campamento de desplazados. Se trata de un taller de costura muy humilde, con una máquina de coser antigua, de las de pedal mecánico, pero que supone el mayor de los tesoros para esta mujer que fue abandonada por su marido hace años, y a quien la vida no ha dejado de ponerle zancadillas desde que era una niña.

Los niños, víctimas por partida doble

En países como Burundi, los niños son víctimas por partida doble de los zarpazos del cambio climático. Las inundaciones, las sequías o los deslizamientos de tierra no solo suponen una amenaza para su hogar, sino que también se convierten en una pesada hipoteca para su futuro, ya de por sí complicado. Despojados de sus escasos medios de subsistencia, los padres no pueden pagar los gastos escolares, o los menores se ven obligados a trabajar para ayudar a la familia, por lo que tienen que abandonar el colegio. Eso, cuando los centros educativos se mantienen en pie, ya que muchas veces, simplemente, desaparecen. La falta de escolarización les sitúa en una posición extrema de vulnerabilidad, porque hace que sean más propensos a una explotación laboral que deberán arrastrar el resto de su vida.


La agricultura de subsistencia es la actividad que más peso tiene dentro de la economía burundesa.


Además, las inundaciones y los desplazamientos se traducen casi siempre en hacinamiento y en insalubridad, el caldo de cultivo perfecto para todo tipo de infecciones, que también suelen ensañarse con los niños. Cuando no padecen directamente desnutrición severa, ya que familias enteras se encuentran con que no tienen nada que llevarse a la boca. La agricultura de subsistencia es la actividad que más peso tiene dentro de la economía burundesa, y por eso, cuando una pequeña plantación se ve golpeada por el agua o por la sequía, las consecuencias son demoledoras para las personas que subsisten gracias a ella.

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Para defender a la población infantil de Burundi de los desastres climáticos, UNICEF y otras organizaciones humanitarias se centran en satisfacer sus necesidades más urgentes, como el acceso a alimentos y a agua potable. También trabajan en la mejora de la atención médica y la higiene, para poder enfrentarse a múltiples amenazas sanitarias, como COVID-19, ébola, paludismo, sarampión o cólera. Además, prestan apoyo para que la educación de los niños no se vea interrumpida dentro de los campamentos de desplazados y también en las comunidades.

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"Burundi es un país que está muy afectado por las consecuencias del cambio climático y sin embargo está muy poco preparado para proteger a las personas", explica Lucía Saenz Terrero, especialista en cambio climático de UNICEF, quien describe cómo el calentamiento global ha convertido la vida de los burundeses en una lotería de extremos: "Aquí la gente vive en las colinas, con lo cual, cada vez que llueve, se provocan pérdidas de casas, pérdidas de fuentes de agua, incluso de vidas humanas... En otros lugares no hay lluvias durante muchas semanas, lo que produce muchos daños en los cultivos y malnutrición infantil".

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El continente más vulnerable

África es el continente más vulnerable ante el cambio climático, a pesar de que solo emite un 3% de los gases de efecto invernadero a nivel global. Y, dentro de este continente, Burundi se encuentra entre los países menos preparados para hacer frente a sus efectos devastadores, según el ranking de vulnerabilidad de la Universidad de Notre Dame. Proyectos humanitarios como el que desarrolla UNICEF sirven para paliar este impacto en la población más desfavorecida, pero están lastrados por una carencia crónica: la falta de financiación. En 2020, solo pudieron cubrir la mitad de las necesidades impuestas por las inundaciones en este país. Este año, calculan que necesitarán al menos cinco millones de euros, una cantidad de la que tampoco disponen.

La lógica cruel de la miseria vuelve a cebarse con una tierra que ha tenido que añadir el cambio climático a una lista interminable de amenazas. Pero eso no impide que mujeres como Janvière, Yvette o Jeannette consigan salir adelante por encima de cualquier adversidad, sin apenas alternativas, pero echándose el mundo sobre sus riñones con una determinación heroica. Aunque tengan que malvender su hogar, o pierdan todo cuanto tienen en mitad de la noche, o se vean obligadas a salir corriendo con lo puesto para acabar viviendo junto a una charca infestada de hipopótamos. El futuro de África está lleno de oscuros nubarrones, pero al menos, mientras sean sus mujeres quienes lo escriban, en él siempre habrá espacio para la esperanza.

Fuente: RTVE (.es)

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