De la planificación de la Covid-19 a la pandemia del hambre en 2022

La agricultura orgánica es renovación constante, en la agricultura orgánica, jamás se espera a que sobrevenga un gran desastre, pues sus técnicas y saberes permiten detectarlo y solucionarlo a tiempo

Alimentos y Tóxicos 10 de febrero de 2022
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Por eso, insisto, trabajar la agricultura orgánica significa introducir cambios en nuestro comportamiento, pequeños o grandes, porque como agricultores es tan importante saber por qué ganamos, como saber por qué perdemos. 

Ahora bien, para avanzar con éxito como emprendedores rurales, hay que dejar de creer que por hacer agricultura orgánica estamos enfrentando y solucionando problemas de fondo, no se puede negar la trascendencia de nuestra labor, pero los verdaderos problemas tienen otra dimensión. Hoy por hoy, hay que solucionar a gran escala los problemas productivos en el campo y hay que resolverlos de forma creativa. Es nuestra oportunidad ante el desafío que nos lanza la actual crisis por la que pasa el sector agropecuario a nivel mundial.

Se trata de una crisis anunciada, la conclusión era inevitable y de ella venimos hablando tiempo atrás: no es posible producir de forma competitiva con la dependencia que impone el modelo agroindustrial de los insumos provenientes del petróleo y del gas (venenos, fertilizantes), y de costos como los de contenedores y transporte. Estos costos, en menos de un año, se han triplicado y la aparente escasez de alimentos para este año se avecina como la próxima pandemia, conveniente cortina de humo que apagara la de la COVID-19.

Saquen sus propias conclusiones a partir de algunos ejemplos: Estados Unidos, al mismo tiempo que cierra sus fronteras a gran parte de la oferta de insumos, aumentó su área de siembra en 4 millones de hectáreas solo para el cultivo de maíz transgénico, proyectando una producción récord de más de 400 millones de toneladas del grano; al mismo tiempo, proyecta a nivel mundial un récord en la producción de soja transgénica y hace  algo similar, a una escala menor, con la producción de trigo y sorgo, afilando así sus navajas para el acaparamiento y la especulación mundial de alimentos.

Rusia, por su parte, cerró totalmente las puertas a cualquier exportación subsidiada de alimentos básicos para los países vecinos. China, de manera similar, puso término a cualquier exportación de materia prima para el sector primario. No olvidar que China representa al menos el 30% del consumo mundial de fertilizantes químicos y utiliza cuatro veces más fertilizantes en sus tierras que el promedio mundial, debido a su poca tierra cultivable per cápita. Actualmente, debido a la escasez que atraviesa, China ha pedido a las familias que se abastezcan de alimentos y otros artículos esenciales, ya que el mal tiempo, la escasez de energía y las restricciones por covid-19 aun amenazan con interrumpir los suministros. Estas peticiones se han hecho públicas a través de comunicados del Ministerio de Comercio, quien pide a los gobiernos locales que alienten a las personas a almacenar “artículos de primera necesidad”, incluidos vegetales, aceites y aves para “satisfacer las necesidades de la vida diaria y las emergencias”.

Sumado a lo anterior, China está inmersa en un plan de revitalización rural por medio de una serie de reformas agrarias para incentivar el trabajo en este sector. Si bien, durante décadas, China abandonó el campo para que la mano de obra se trasladara a las grandes ciudades, a los empleos de los sectores secundario y terciario, ahora intenta revertir al menos, de manera parcial, esa situación, basándose en propaganda que evoca el pasado rural para insuflar dignidad a nuevos colectivos con subsidios e infraestructura en varias provincias. De este modo, modernizan su sector agrícola y aseguran diversificación de cosechas, en aras de ser lo más autosuficientes posible.

Por otro lado, Europa empieza a desmontar los subsidios proteccionistas para la agricultura y los pocos productores que sobrevivían, sucumbirán. Brasil comienza a sentir su delicada situación para mantener el abastecimiento interno de alimentos y cree que no será capaz de cumplir sus compromisos de exportación para el próximo año; su crisis interna se profundizó aun más con las heladas y la sequía en la producción de café. Argentina, ni para que mencionarla, teniendo en cuenta la mega inflación por la que atraviesa y su dependencia del monocultivo de soja transgénica a base de venenos y fertilizantes químicos. México, por su parte, necesita importar más del 50% del maíz para mantener su producción pecuaria y se ve obligado a importar un gran porcentaje de leche en polvo para completar su consumo. 

Colombia no se queda atrás, es una caricatura en su producción de alimentos, que no guardan relación, en lo más mínimo, con las necesidades de su consumo interno.  Lo mismo sucede con la demanda de su sistema pecuario, que tiene que importar los cereales, la soja transgénica y el sorgo para poder suplirse.

Lo más grave es que en estos momentos en Colombia hay más de 500.000 niños entre 0 y 5 años de edad que no saben lo que es comer, 1.500.000 personas mayores de 60 años que no disponen de más de un bocado de comida al día y 2.500.000 personas escasamente comen dos veces al día. Para finalizar, la tasa de desempleo en estos momentos es del 14%. 

En cuanto a Chile, este territorio ni siquiera produce lo que se come, en cambio se ha dedicado a producir postres y vinos. Este país está en una posición energética bastante vulnerable a pesar de su riqueza geográfica repleta de recursos renovables y de su carencia de fuentes de energía prevalentes como el petróleo, el carbón y el gas natural. Así podríamos seguir, de la misma forma, enumerando las problemáticas para los demás países del subcontinente. 

En este momento en el planeta se sigue produciendo y existe comida suficiente como para que no hubiese hambre, pero como podemos ver en los análisis oficiales, no se habla del hecho de que no todos los países producen lo que consumen y que no todos los consumidores, debido a el bajo poder adquisitivo de la gran mayoría de la población, tienen acceso a los alimentos de forma digna.

En América Latina, en un año de pandemia, el hambre aumentó 13,8%, alcanzando un total de 59,7 millones de personas: Centro América con 19 millones, el Caribe con 7 millones y Sur América con 33,7 millones. 

La esperanza sigue reposando en cerca de 500 millones de pequeñas propiedades que producen más del 78% de la comida que se sirve a nivel mundial, a pesar de que la mayoría de estos pequeños propietarios, en su generalidad campesinos y campesinas, poseen menos del 13% de las tierras cultivables, más del 80% de las cuales están ubicadas en zonas de ladera. 

Parodiando al poeta, diríase que la historia universal de la infamia no se detiene, pero tampoco la utopía.

No es una produccion propia, la fuente es La Mierda de Vaca (.com)

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