Por qué el cambio climático provoca cada vez más incendios

Los fuegos en zonas argentinas señalan una catástrofe planetaria: también arden el Amazonas, California, Australia e incluso Siberia

Arbolado 30 de marzo de 2022
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Pisar un territorio arrasado por el fuego es pisar la muerte. No se escucha nada, sólo tu propia respiración, además de lo que quedó ennegrecido, crujiendo, las cenizas que se lleva el viento. No hay verdes ni flores, ni bichos, ni pájaros. Es la vida apagada, arrebatada tan de cuajo que hay animales que no llegan a escapar. Están ahí, todavía, enterrados en el silencio. Un silencio ensordecedor.

Un bosque o un humedal pueden arder en poco tiempo. En días, puede desaparecer un ecosistema que tardó siglos en constituirse.

Si las condiciones son propicias, no es mucho lo que se necesita para desencadenar el desastre. Puede ser un fósforo o un encendedor, dos ramas friccionadas, una lupa o hasta un cigarrillo mal apagado. Puede ser accidental o con intención. Puede ser con fines agrícolas, ganaderos o inmobiliarios. O puede, incluso, no ser originado por la mano del hombre. El inicio es efímero, a veces insignificante. Porque lo que viene después se lo lleva todo puesto: una vez que el fuego prende, su vida ya le es propia, y no siempre es posible controlarlo.

Las llamas indómitas se violentan sobre nuestra flora y nuestra fauna, sobre nuestras casas y sobre nuestros propios cuerpos. Las llamas sobre seco, lo hacen todavía más. Lo vemos en la Argentina, con incendios que, sólo en este primer trimestre de 2022, transmutaron paisajes desde la Patagonia hasta el Litoral, llegando a despellejar, en días, el 11% de la provincia de Corrientes. Lo que tenemos que hacer para entender el fenómeno es atar cabos.


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Casi 1 millón de hectáreas correntinas fueron tocadas por el fuego en febrero de este año. /Foto: Juano Tesone


Aquí, allá y en todas partes. Pasa acá y pasa en todas partes. El fuego nos invade. En los últimos años, las postales en rojo nos llegan desde todos los rincones del planeta. Desde Australia hasta Siberia, surcando los continentes, sin detenerse. El calor de estas imágenes nos rodea, nos arrincona, nos interpela. Porque la mayoría de esos fuegos son subproductos de ese gran fuego con el que estamos calentando al planeta, alterando la composición de la atmósfera.

De la Revolución Industrial para acá, hemos quemado y quemado gas, carbón y petróleo, emitiendo una sobredosis de Gases de Efecto Invernadero (GEI), que atrapan la radiación solar y la calientan.

La cantidad de dióxido de carbono (CO2) –el GEI principal– en la atmósfera es más alta hoy que en cualquier momento de los últimos 2 millones de años, detalla el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, en inglés) –máxima autoridad internacional en temas de ciencia del clima– en un informe de 2021. Y eso tiene sus consecuencias, tarde o temprano: Los fuegos son una de ellas.

La cantidad de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera es más alta hoy que en cualquier momento de los últimos 2 millones de años.


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En junio del 21, la Amazonía brasileña registró 2.308 focos de incendios, el mayor total mensual desde 2007.


Nueva normalidad

Ahora bien, no todo fuego es dañino. De hecho, es en parte gracias a él que estamos acá, ya que contribuyó a regular la proporción de oxígeno que existe en el planeta, haciendo posible el desarrollo de la vida.

Este elemento es parte natural de muchos ecosistemas, como sabanas, praderas y bosques boreales, en donde juega un papel ecológico vital al reciclar los nutrientes de vuelta al suelo, eliminando vegetación vieja y destruyendo plagas. Por ejemplo, en California (oeste de los Estados Unidos), muchas especies de árboles –secuoyas y pino nórdico, entre ellas– co-evolucionaron con el fuego y lo necesitan para reproducirse. ¿El problema? La crisis climática está alterando sus ciclos.

Es por eso que, hoy, incendios devastadores consumen sus bosques y destruyen las casas de hasta los ricos y famosos, contaminan su aire y tiñen sus cielos de rojo. El termómetro californiano no paró de subir en el último siglo, tanto así que la temperatura más alta registrada hasta el momento en el mundo tiene sede ahí: 54,4°C en el Valle de la Muerte, el 16 de agosto de 2020 y el 9 de julio de 2021.

La temperatura más alta registrada hasta el momento en el mundo tiene sede en California: 54,4°C en el Valle de la Muerte, el 16 de agosto de 2020 y el 9 de julio de 2021.

California arde

En tendencia análoga, entre 1973 y 2012, los grandes incendios en la zona treparon un 140%, un promedio de 20 eventos adicionales por década, según un análisis del Instituto de Investigación de Sierra Nevada de la Universidad de California. Un dato más: las temporadas de incendios de 2003-2012 fueron, en promedio, 84 días más largas que las de 1973-1982.


En los últimos 40 años, hemos visto un aumento significativo en la actividad de los incendios. Sólo en California, hemos visto un aumento de cinco veces la extensión de la superficie quemada en los bosques desde 1972, coincidiendo con este período de condiciones mucho más cálidas y secas que se superponen a un siglo de supresión de incendios.

confirma John Abatzoglou, profesor Asociado de la Universidad de Idaho.


La tendencia ascendente también se constata en otras regiones. Por caso, América Central y del Sur. De acuerdo a Cambio Climático 2022: Impactos, Adaptación y Vulnerabilidad, el último informe del IPCC publicado hace pocas semanas, la exposición promedio de sus habitantes a un alto peligro de incendio creció entre 1 y 26 días (dependiendo de la subregión) de 2001-2004 a 2017-2020.


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En junio del 21, la Amazonía brasileña registró 2.308 focos de incendios, el mayor total mensual desde 2007.


Nieve en llamas y fuego zombie

A medida que las temperaturas medias del planeta aumentan, las condiciones climáticas se vuelven más y más propicias en muchas partes del mundo para que las llamas lo consuman todo. Lo estamos viendo incluso en lugares donde, hasta hace no mucho, nos hubiese parecido insólito que hubiera un incendio forestal.

Siberia es un ejemplo, nada menos.

Ahí se están produciendo fuegos que se conocen como “zombies”, en los que las llamas se mantienen vivas debajo de capas y capas de nieve y hielo, en el suelo ártico. Sí, incendios forestales ardiendo bajo tierra, escondidos por suelos congelados, en una de las zonas más frías del planeta: no son inventos de la ciencia ficción. No se ven. No se escuchan. Pero, están ahí. Pueden sobrevivir por mucho tiempo y trasladarse a través de largas distancias, yendo por debajo para reaparecer en otro lugar quizás una temporada después. Y son casi imposibles de controlar.

Se están produciendo fuegos que se conocen como “zombies”, en los que las llamas se mantienen vivas debajo de capas y capas de nieve y hielo, en el suelo ártico.

Sólo en 2020, estos fuegos liberaron una cantidad nunca vista de CO2 a la atmósfera: 244 megatoneladas, un 35% más que el año anterior.

Y es que, cuando hay deshielo y se pierde permafrost, se liberan gases que estuvieron capturados en ese suelo congelado durante miles de años. El impacto en la atmósfera, y con ello en la crisis climática planetaria, es dramático. Se calcula que el permafrost del Ártico contiene unos 1460–1600 gigatones de carbono orgánico, casi el doble de lo que hay en la atmósfera.

El problema: según un informe del IPCC de 2019, desde la década de 1980 hasta hoy, su temperatura no ha dejado de subir. El agravante: en los últimos años, las temperaturas del círculo ártico han registrado récords de 48°C. Leyeron bien: clima tropical en el Ártico.

La crisis climática crea condiciones óptimas para los fuegos forestales y estos, a su vez, aceleran la crisis climática: el círculo vicioso de destrucción gira y gira. En 2021, las emisiones de CO2 derivadas de las quemas a nivel global escalaron a 1850 megatoneladas.

En 2021, las emisiones de CO2 derivadas de las quemas a nivel global escalaron a 1850 megatoneladas.


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Las llamas alcanzaron más de 14 millones de hectáreas en los bosques de Siberia.


¡S.O.S. Amazonas!

La situación es tan grave que algunos bosques –receptores naturales de carbono– están liberando más emisiones de las que atrapan y, en los próximos años, podrían convertirse en contribuyentes netos a la crisis climática.

Es lo que está pasando en la Amazonía, en donde —apunta el último informe del IPCC— se prevé que los incendios, la degradación y la pérdida de estructura forestal siga aumentando por la retroalimentación positiva entre el calentamiento global y los cambios en los usos de la tierra (particularmente, la deforestación).

Esto llevará a una disminución de las reservas de carbono de la biomasa forestal, comprometiendo su papel como sumidero. Es más, en la última década, la parte sur de la selva ya se convirtió en una fuente neta de carbono.


La Amazonía contiene 120 gigatoneladas de carbono, lo que equivale a 10 años de quema mundial de combustibles fósiles. Se está convirtiendo en una fuente de carbono con importantes consecuencias para los bosques y el clima. Este camino no es sólo el resultado de la deforestación y la quema de biomasa, sino también de la degradación de los bosques causada por el cambio climático. Debemos detener la deforestación y la quema, pero, si los países desarrollados no detienen las emisiones de combustibles fósiles, la Amazonía morirá de todos modos.

advierte Paulo Artaxo, científico de la Universidad de São Paulo.


Planeta inflamable

Los incendios zombies de Siberia parecen lejanos, pero no lo son. Los tuvimos también en Corrientes. Es lo que los hizo tan difíciles de controlar. Porque lo que se necesita para que ocurran no es hielo, sino un terreno con material orgánico a determinada profundidad, como los humedales.


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En California se multiplican los incendios cada año, igual que en la Amazonia o Australia.


El Litoral argentino lleva más de dos años acumulando sed. Las imágenes distópicas de personas caminando sobre los fondos desnudos del Río Paraná o de las Cataratas del Iguazú sin agua, nos hablan de lo extensa, dramática y costosa que está siendo la sequía.

Lo que implica que había mucha materia orgánica marchita disponible para encenderse sin mucha ayuda. Sumado a ella la sofocante ola de calor, lluvias que nunca llegaron, la falta de planificación y prevención por parte del Estado, y los resultados están a la vista. “El ritmo de progresión del fuego entre el 7 y el 16 de febrero fue de casi 30.000 hectáreas diarias”, detalla un informe técnico de la Estación Experimental Corrientes del INTA. Una locura. Un infierno, en palabras del gobernador de la provincia, Gustavo Valdés. Casi 1 millón de hectáreas afectadas, principalmente malezas, esteros y otros bañados.

En este sentido, tal como explica Abatzoglou, “el vínculo más directo entre el cambio climático y el fuego es a través de cómo se seca la materia orgánica y se convierte en combustible”. Cuando las temperaturas son altas, los árboles absorben grandes cantidades de agua del suelo y la liberan a la atmósfera a través de sus copas, lo que seca tanto la vegetación como los suelos, haciéndolos más inflamables. Con altas temperaturas y suficiente viento para proporcionar un suministro constante de oxígeno, toda esa materia orgánica seca que está en el suelo, en el dosel y en el subsuelo puede actuar como combustible para los incendios forestales.

Mientras más se caliente el planeta, más aumentan las probabilidades de que esto pase, así como de que lo haga en momentos no esperados.


A medida que aumenta el cambio climático, cabe esperar que las olas de calor sean cada vez más frecuentes, por lo que podemos esperar incendios graves en una parte del año que, tradicionalmente, estaba fuera de la estación de incendios. El cambio climático también aumenta la severidad o gravedad del incendio. Es decir, que es más probable que los árboles mueran tras el incendio porque, cuando se enfrentan a él, ya están estresados.

afirma Víctor Resco de Dios, profesor de la Escuela de Ciencias de la Vida e Ingeniería de la Universidad del Suroeste para la Ciencia y la Tecnología de Mianyang.


Infierno futuro. Fuegos bajo el hielo, fuegos en el agua, fuegos donde y cuando no solía haberlos, fuegos más extensos, más violentos y más frecuentes. Este es el panorama actual, con un planeta 1,2°C más caliente que en la era preindustrial.

El planeta está más caliente 1,2 °C que en la era preindustrial.

Pero nuevos récords se alcanzan constantemente: 2020 se encumbró como el año más cálido del que se tiene registro y 2021 se ubicó en la quinta posición, según datos del Servicio de Cambio Climático de Copérnico, el Programa de Observación de la Tierra de la Unión Europea. Y el corto plazo ya está sentenciado: en algún momento, entre hoy y 2040, vamos a llegar a 1,5°C, anticipa el IPCC. Esto significa que ya hay una dinámica lanzada: la situación va a seguir empeorando. Y los fuegos no serán la excepción.

“El avance del cambio climático incrementará en todo el mundo el riesgo de incendios forestales devastadores en las décadas por venir”, alerta un estudio divulgado a fines de febrero por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y GRID-Arendal, una organización ambiental con sede en Noruega. En concreto, estos aumentarán un 30% para 2050 y más de un 50% para fin de siglo. Es por ello que califican al fenómeno de “crisis mundial”: ningún rincón del planeta va a estar a salvo.

Esto afectará, como ya lo hace hoy, de manera desproporcionada a las poblaciones más vulnerables, se lee en el estudio, “con impactos que se prolongan mucho tiempo después de que el fuego se apaga, impidiendo su progreso hacia el desarrollo sostenible y agudizando las desigualdades sociales”.


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Unas 10.000 hectáreas de bosques patagónicos fueron impactadas por las llamas en 2021.


América en peligro

América Central y del Sur, lo dice el IPCC en su último informe, es particularmente vulnerable a impactos del cambio climático como estos. Y, tal como afirma Edwin Castellanos, uno de los autores de dicho reporte y director del Observatorio Económico Sostenible de la Universidad del Valle de Guatemala, “a medida que la vulnerabilidad aumenta, los impactos son mayores”.

En la región, los efectos del cambio climático se ven amplificados, entre otros, por la desigualdad, la pobreza, la falta de institucionalidad, el cambio en el uso de la tierra –en particular, la deforestación con la consecuente pérdida de biodiversidad–, la degradación del suelo, y la alta dependencia de las economías de los recursos naturales para la producción de productos básicos. Pero, no todo está perdido.


Nuestros gobiernos y sociedades están enfrentando situaciones inmediatas y de urgencia. Esto puede verse como una ventana de oportunidad. Cuando pensamos en cómo queremos desarrollarnos hay que pensar en un desarrollo resiliente al clima.

plantea Castellanos.


Y concluye: “Cualquier atraso en las acciones concertadas harán que esta ventana de oportunidad no nos permita desarrollarnos en un futuro sustentable para todos. Estamos en una situación de extrema urgencia, pero no en una situación en la que no podamos actuar”.

En lo que hace a prevenir que los fuegos sigan avanzando, la directora Ejecutiva del PNUMA, Inger Andersen, recomienda: “Debemos minimizar el riesgo de incendios forestales con mejor preparación: tenemos que invertir más en la reducción del riesgo de incendios, trabajar con las comunidades locales y fortalecer el compromiso global para combatir el cambio climático”.

Y es que sólo si actuamos para que el gran fuego de la crisis climática se mitigue, lograremos paliar los fuegos y evitar que lo consuman todo.

No es una produccion propia, la fuente es el Diario Clarín (Argentina)

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